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divendres, 29 de juny de 2018

DE NUEVO AQUI


De repente y sin saber desde cuando, te encuentras andando con la vista fijada en el suelo, sin demasiadas ganas de levantarla (total, para lo que hay que ver). Vas trazando un camino que no va a ningun lado, a un ritmo cansino, ajeno a todo o prácticamente todo lo que pasa a tu alrededor sin consciencia de ti mismo.

Un dia, sin saber todavía el motivo, levantas la vista y ante ti se levanta un enorme muro de hormigón. La primera reacción es intentar mirar por encima, pero se levanta más allá de donde te alcanza la vista. Igual a izquierda y a derecha. Pero 180º a cualquiera de los dos lados, no hay pared, solo un sendero gris. Tampoco hay señal que te indique que solo queda ese camino, pero no hace falta.

Te adentras en ese pasaje de paredes grises y al fondo, puedes oir apenas un suave murmullo de gente, algo parecido a unos sordos botes de balón, como en una cancha cubierta y alguna voz amiga que hace más seguro aproximarte. Después del camino, que no te ha resultado ni largo ni corto, ni angosto ni llano, sinó todo lo contrario, se abre ante ti un gran espacio muy familiar pero del que te sientes extrañamente ajeno, a la vez que empieza a desaparecer el gris de las paredes laterales. Más tarde, la mayor sorpresa de todas: ya no hay muros ni caminos ni barreras. El laberinto ha desaparecido. Te ves fuera de él simplemente por haber emprendido un camino que en su momento no quisiste tomar, porque pensabas que era desandar, cuando en realidad se trataba de andar otras cosas.

Lo peor, haber tenido la mirada clavada en el suelo sin poder ver mas allá de uno mismo, lo mejor: haber oido el murmullo jovial y alegre de la gente que ha hecho desaparecer las paredes que me rodeaban, la misma gente que provocó que, por fin otra vez, el baloncesto me haga sentir vivo, gente por la que vale la pena un esfuerzo. Moltes gràcies Pollença.